lunes, 6 de octubre de 2008

La panera

La panera, o la corcha, como la llamaban en su época, era un recipiente indispensable para lavar la ropa y fue todo un avance porque permitía a las mujeres lavar en sus casas. Antonio, el jubilado, recuerda que en su infancia y adolescencia, las mujeres iban a lavar la ropa a la ribera. Era un riachuelo que se encontraba a unos dos kilómetros del pueblo y que tenía el agua muy clara. Allá se dirigían las mozas con los canastos al cuadril acompañadas de algunas mujeres mayores para evitar que ocurrieran “males mayores”, como la presencia de algún labradorcillo. Ese día, uno a la semana, iban contentas y cantando porque pasaban todo el día al aire libre y juntas. Llevaban lo necesario para hacer un gazpacho para almorzar; el postre lo buscaban en las huertas vecinas: un racimo de uvas, unos higos, unas manzanas… siempre atentas a que el dueño del huerto no las descubriera entre tanta risa.

La ropa se tendía sobre las hierbas de la zona, que la impregnaba de un perfume silvestre, primero para que se soleara y recuperara la blancura y luego, tras un segundo lavado, para que se secara.


A la caída de la tarde volvían con la ropa limpia y, a veces, algún carretero o mozo de mulas que iba en su camino les aligeraba el peso cargando los cestos en los carros. Entonces el bullicio, las risas, las bromas entre las jóvenes aumentaban y llegaban a casa soñando con la semana próxima.

Claro que así lo vivían las jóvenes, no las mujeres casadas. A estas lo primero que procuraba hacerle el marido era una panera o una corcha para que pudiera lavar en casa y se librara de esas caminatas. Era todo un avance, un signo de progreso, de calidad de vida. Pero con la panera la mujer se recluía en casa y perdía el contacto con las chicas de la ribera, con la alegría, la risa, las bromas. Así se recuerdan las mujeres lavando en el patio, en la cuadra o en un rincón de la cocina, siempre solas o rodeadas de niños y niñas para los que había que lavar diariamente los pañales.

La panera de mi madre era de cemento y nunca desapareció de casa, ni siquiera cuando llegó la lavadora, aquella que se cargaba por arriba y que simplemente meneaba la ropa de derecha a izquierda y al revés.

Hasta que no cambiamos de casa y adquirimos una lavadora de tambor no dejó de funcionar la panera, allí se quedó en la casa y probablemente siga en su sitio, si no han hecho reformas, guardando en silencio los sabañones de invierno y los sudores de verano.

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